Mónica nos ofreció hacerle un tratamiento de terapia sacro-craneal a Nur, para ayudarle un poco con el apetito, para suavizar el "trauma" de nacimiento, aquellos momentos duros que habíamos vivido en el baño, poco antes de que Nur aterrizara a este mundo.
Durante el tratamiento de sacrocraneal, pudimos ser testigos de algo insólito, de cómo Nur reaccionaba a las posturas de las manos de Mónica, de cómo su carita iba cambiando de color, de cómo su cuerpecito menudo reaccionaba a cada nueva posición con babas, pis, movimiento de manos... Estos movimientos de manos, eran la señal que había establecido Mónica con Nur al empezar el tratamiento, para que esta le avisara cuándo era necesario cambiar a la siguiente postura. Y Nur, aquel bebé minúsculo de poco más de 2 kilos, respondía efectivamente de esta forma cuando ya necesitaba un cambio de posición de las manos de Mónica. Entonces me hice muy consciente de que mi pequeña bebé lo entendía todo, de que podía hablar con ella, y de que si observaba con atención, su cuerpecito me hablaría, y me contaría su historia.
Por primera vez, fuimos testigos de una forma de dirigirse al bebé de la que no habíamos oído hablar jamás, pero que inmediatamente quedó grabada en nuestra retina y en nuestro corazón, y desde entonces, hemos estado hablando con Nur, explicándole todo lo que íbamos a hacer con ella, diciéndole cuánto la queremos, sí, pero también hablando con ella para contarle nuestras dificultades a la hora de ma-paternar.
Más tarde, supe que el método Lockzy consiste entre otras cosas en eso también, en ir contándole a nuestro bebé cada cosa que vamos a hacer con él, por ejemplo "cariño, ahora vamos a darnos un bañito", o "mi amor, ahora te voy a cambiar el pañal", o "la toallita está muy fría, ¿verdad?"
Ahora, un mes antes de que Nur cumpla 2 años, cuando mi hija ya es una pequeña niñita y el ser bebé se ha convertido en un juego entre las dos (Nur me dice: "bebé!" y yo la cojo tumbadita, y ella se queda quietecita con carita de ángel, como un bebé, mientras yo la mezo y le digo "ay mi bebéee..." hasta que ella cambia el gesto, pone cara de traviesa y me echa una carcajada mientras se incorpora), puedo ver los frutos de esta comunicación íntima que establecimos desde el primer día. Puedo ver cómo Nur confía en nosotros, cómo se abre a entender a los demás y a mostrarles su mundo, y cómo nos sorprende cada día con una nueva palabra aprendida sin que nadie se la haya enseñado, fruto de su escucha y observación.
Nunca dejaré de sentirme agradecida por haber conocido a Mónica, y por haber sabido d ela existencia de personas que para mí son como ángeles encarnados, como la doctora Emmi Pickler y la educadora Rebeca Wild. Y mi querida Laura Gutman, claro.
Sin ellas no me hubiera convertido en la madre que soy (un poco más humana de lo que hubiera imaginado), ni mi hija sería ahora como es.
Porque he aprendido que no sólo la teta nos vincula a nuestros hijos, sino (y esto muy especialmente), de una forma muy poderosa, nuestra presencia constante. Y me refiero no sólo a la presencia física, sino (y esto me parece mucho más importante), nuestra presencia emocional, nuestra profunda capacidad de empatizar, de ponernos en el lugar del otro, de saber cuándo debemos ponernos al nivel de nuestros hijos y ser un poco como ellos, nuestra observación y nuestro respeto hacia otra gran alma, aunque esté en un cuerpo pequeño al que debemos cuidar por encima de todo.
Cda día estoy viendo con alegría y gratitud, que el abrirnos a la fusión emocional con nuestro bebé durante más o menos los primeros dos años de vida, revierte en madres y niños felices, amorosos, comprensivos y empáticos. El amor tiene muchas formas de manifestarse. UNa de ellas es la comunicación respetuosa y la presencia amorosa. Un vez más, "All you need is Love, Love is all you need"
Gracias a todas. A todos.